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Miel y tos

Es de noche. Un adolescente tiene resfriado y durante el día parecía encontrarse relativamente bien. Pero llega la hora de dormir y comienza la tos.

Tose una vez.

Después otra.

Y otra más.

El no puede descansar y sus padres tampoco.

En ese momento muchas familias recuerdan uno de esos remedios que parecen haber pasado de generación en generación:

una pequeña cucharada de miel.

La recomendaban las abuelas, la siguen utilizando muchas familias y, con el tiempo, algo interesante ocurrió: los científicos comenzaron a preguntarse si detrás de aquella costumbre existía realmente algún efecto que pudiera medirse.

Y resulta que la miel y la tos sí han llegado a los ensayos clínicos.

La pregunta es: ¿qué encontraron los investigadores?


Antes de hablar de miel, entendamos la tos

Hay algo importante que debemos aclarar desde el principio:

la tos no es una enfermedad.

En realidad, es un mecanismo de defensa de nuestro organismo.

Cuando las vías respiratorias detectan irritación, secreciones u otros estímulos, nuestro cuerpo activa automáticamente el reflejo de la tos para intentar mantenerlas despejadas.

Por eso no siempre debemos pensar que toser es algo que necesariamente tenemos que eliminar por completo.

La pregunta más importante suele ser:

¿por qué está tosiendo esa persona?

En los niños, una causa muy común son las infecciones respiratorias de vías superiores, como el resfriado.

Además de la tos pueden aparecer congestión nasal, escurrimiento nasal, irritación de garganta, estornudos, malestar y, algunas veces, fiebre.

La mayoría de estos cuadros son provocados por virus y suelen mejorar con el paso del tiempo.

Sin embargo, existe un problema que muchos padres conocen perfectamente:

La tos suele sentirse especialmente molesta durante la noche.


Entonces, ¿qué podría hacer la miel?

Pensemos por un momento en lo que sentimos cuando comemos miel.

Es espesa.

Es viscosa.

Permanece durante algunos momentos en la boca y la garganta.

Precisamente por estas características puede producir una sensación de recubrimiento, lubricación y alivio de la irritación.

Suena razonable.

Pero en ciencia que algo parezca lógico no significa automáticamente que funcione.

Para saberlo hay que probarlo en personas.

Y eso es exactamente lo que hicieron los investigadores.


La miel llegó a los ensayos clínicos

Una de las revisiones científicas más conocidas sobre este tema fue realizada por Cochrane.

Los investigadores analizaron seis ensayos controlados que, en conjunto, incluyeron 899 niños de entre 12 meses y 18 años.

En estos estudios se comparó la miel con diferentes alternativas, entre ellas no administrar ningún tratamiento, placebo y algunos medicamentos utilizados para la tos.

¿Y qué ocurrió?

Los resultados sugieren que la miel probablemente puede reducir la frecuencia de la tos más que no administrar tratamiento o que utilizar placebo.

También se observaron posibles mejoras relacionadas con la tos nocturna y el sueño.

Sin embargo, cuando se realizaron comparaciones con algunos medicamentos, como el dextrometorfano, las diferencias fueron pequeñas o inciertas.

Y aquí encontramos una de las primeras conclusiones importantes:

La miel puede ayudar a aliviar algunos síntomas de la tos, pero eso no significa que “cure” la tos ni la enfermedad que la está causando.


¿Qué dice NICE sobre la miel?

El National Institute for Health and Care Excellence, mejor conocido como NICE, también ha revisado la evidencia científica relacionada con la tos aguda.

Su análisis resulta especialmente interesante porque reconoce que existe evidencia que sugiere que la miel puede producir algún beneficio sobre los síntomas de la tos en personas mayores de un año.

Pero existe una palabra fundamental:

Limitada.

¿Por qué limitada?

Porque muchos de los estudios realizados hasta ahora tienen algunas dificultades.

Por ejemplo:

  • participaron relativamente pocos pacientes;
  • se utilizaron diferentes tipos de miel;
  • los periodos de seguimiento fueron muy cortos;
  • algunos efectos se evaluaron solamente durante una noche;
  • y muchas veces la intensidad de la tos fue valorada por los propios padres.

Esto último merece una explicación.

Preguntar a una madre o a un padre:

“¿Cuánto tosió su hijo esta noche?”

puede proporcionarnos información muy valiosa.

Pero sigue siendo una percepción.

No es exactamente lo mismo que colocar un dispositivo que registre objetivamente cada episodio de tos durante toda la noche.

Por eso debemos interpretar los resultados con prudencia.


Entonces, ¿qué podemos decir realmente?

Existe una enorme diferencia entre afirmar:

“La miel cura la tos”.

y decir:

“La miel puede proporcionar cierto alivio sintomático de la tos aguda en personas mayores de un año”.

La segunda afirmación representa mucho mejor lo que sabemos hasta ahora.

Y precisamente esta diferencia es uno de los mejores ejemplos de cómo funciona la divulgación científica responsable.

No necesitamos exagerar un resultado para que sea interesante.


¿Qué encontraron investigaciones más recientes?

En 2023 se publicó otra revisión sistemática centrada en la utilización de miel para la tos aguda infantil.

Los investigadores revisaron cientos de publicaciones y finalmente analizaron 10 estudios que cumplían con los criterios establecidos.

Los resultados nuevamente encontraron señales interesantes.

La miel parecía disminuir la frecuencia de la tos y favorecer el sueño cuando se comparaba con placebo, ausencia de tratamiento o algunos tratamientos utilizados para la tos.

Pero apareció nuevamente el mismo problema:

La calidad de la evidencia fue considerada baja o muy baja.

Esto significa que existen resultados prometedores, pero todavía tenemos motivos científicos para mantener cierta cautela.


¿Y qué nos dice la investigación más reciente?

La investigación continúa.

En agosto de 2026 se publicó un nuevo metaanálisis de ensayos aleatorizados que comparó la miel con tratamientos farmacológicos para la tos aguda infantil.

La revisión incluyó siete estudios y seis de ellos pudieron incorporarse al metaanálisis, reuniendo 576 participantes.

Los periodos de seguimiento fueron muy cortos: hasta tres días.

En el análisis principal, la mayoría de los resultados no mostraron diferencias estadísticamente significativas entre la miel y los tratamientos farmacológicos evaluados.

Sin embargo, apareció un resultado particularmente interesante:

el efecto de la tos sobre el sueño del niño mostró una diferencia favorable a la miel.

Los investigadores realizaron además otros análisis exploratorios que encontraron señales adicionales favorables a la miel.

Pero ellos mismos advierten que esos resultados deben interpretarse con prudencia y no como una demostración definitiva.

En otras palabras:

hay señales interesantes, pero la historia científica todavía no está terminada.


Quizá el sueño sea una de las partes más interesantes

Volvamos a nuestra escena inicial.

El niño comienza a toser.

Se despierta.

Después vuelve a toser.

Los padres también se despiertan.

Una mala noche termina afectando a toda la familia.

Por eso resulta interesante que algunos estudios hayan encontrado posibles beneficios precisamente sobre la tos nocturna y su interferencia con el sueño.

Esto no significa que la miel vaya a eliminar completamente la tos.

Significa algo mucho más modesto:

podría ayudar a que algunos niños mayores de un año experimenten menos molestias durante la noche.

Y un beneficio modesto también puede ser clínicamente interesante.


Aliviar no significa curar

Este probablemente sea el punto más importante de todo el artículo.

Imaginemos que un niño tiene una infección viral.

El virus provoca irritación en las vías respiratorias.

La irritación desencadena la tos.

La miel puede producir una sensación calmante en la garganta y disminuir temporalmente algunas molestias.

Pero observa algo importante:

La miel aparece al final de esta cadena.

No podemos concluir simplemente que está eliminando el virus que provocó el problema.

Por eso hablar de alivio sintomático es muy diferente de hablar de curación.


¿Existe una miel mejor que otra para la tos?

Esta es una pregunta frecuente, pero todavía no tenemos una respuesta definitiva.

Los investigadores han utilizado diferentes variedades de miel.

Y como hemos visto en otros artículos de esta serie, la miel es un producto natural extraordinariamente variable.

Su composición puede cambiar dependiendo de:

Flores visitadas

Región

Clima

Temporada

Procesamiento

Almacenamiento

Por eso no tenemos suficiente evidencia para afirmar que una variedad específica de miel sea universalmente “la mejor” para aliviar la tos.


¿Y qué cantidad debería utilizarse?

También debemos ser prudentes con esta pregunta.

Los estudios no han utilizado siempre la misma cantidad de miel ni exactamente el mismo procedimiento.

En algunos ensayos revisados por NICE se utilizaron cantidades cercanas a los 10 gramos y, en determinados casos, se administraron antes de dormir.

Pero esto no debe convertirse automáticamente en una dosis médica universal.

La edad, las condiciones de la persona y el contexto importan.

La investigación simplemente nos muestra que pequeñas cantidades de miel han sido estudiadas como una posible estrategia de alivio sintomático.


Una advertencia mucho más importante que cualquier beneficio

Hay una regla que nunca debemos olvidar:

Los bebés menores de 12 meses NO deben consumir miel.

Ni directamente.

Ni mezclada con agua.

Ni agregada a la leche.

Ni como remedio para la tos.

La razón es el riesgo de botulismo infantil.

La miel puede contener esporas bacterianas que representan un riesgo para el sistema digestivo todavía inmaduro del bebé.

Por eso la recomendación es clara:

Miel solamente después de los 12 meses de edad.

En este caso, la seguridad está por encima de cualquier posible beneficio contra la tos.


Tampoco debemos tratar cualquier tos con miel

Que la miel pueda proporcionar cierto alivio no significa que todas las personas con tos deban quedarse en casa tomando miel.

La tos tiene muchas causas.

Y algunas necesitan atención médica.

Debe buscarse valoración profesional cuando aparecen síntomas preocupantes, especialmente:

  • dificultad para respirar;
  • respiración muy rápida o con mucho esfuerzo;
  • labios, lengua o piel azulados o grisáceos;
  • dificultad importante para beber o tragar;
  • somnolencia excesiva, confusión o dificultad para despertar;
  • dolor en el pecho;
  • tos con sangre;
  • signos de deshidratación;
  • empeoramiento rápido;
  • fiebre persistente acompañada de deterioro importante;
  • o una tos que permanece durante varias semanas.

En los niños pequeños debemos prestar especial atención a cualquier cambio importante en su respiración, alimentación, hidratación o estado de conciencia.

Podemos resumirlo en una frase:

La miel puede ayudar a aliviar un síntoma. No sustituye un diagnóstico médico.


¿Y si la tos lleva varias semanas?

Aquí también debemos tener cuidado.

La mayoría de los estudios que hemos comentado investigaron principalmente tos aguda asociada con infecciones respiratorias de vías superiores.

Eso es muy diferente de una persona que lleva semanas o incluso meses tosiendo.

No podemos tomar los resultados obtenidos con un resfriado infantil y aplicarlos automáticamente a cualquier tipo de tos.

Una tos persistente necesita investigar su causa.


Entonces… ¿funciona la miel para la tos?

Después de recorrer la evidencia científica podemos responder de una manera bastante sencilla:

Puede ayudar, pero no hace milagros.

La miel ha dejado de ser únicamente un remedio tradicional. Actualmente existen ensayos clínicos y revisiones sistemáticas que han estudiado sus posibles efectos sobre la tos.

Los resultados sugieren que puede proporcionar un alivio modesto de algunos síntomas de la tos aguda, especialmente en niños mayores de un año, y posiblemente ayudar a reducir las molestias nocturnas y la interferencia de la tos con el sueño.

Pero también debemos recordar que los estudios presentan limitaciones.

Podemos visualizar el estado actual del conocimiento así:

TRADICIÓN

OBSERVACIÓN

INVESTIGACIÓN

ENSAYOS CLÍNICOS

POSIBLE ALIVIO SINTOMÁTICO

EVIDENCIA CON LIMITACIONES

NUEVOS ESTUDIOS

Y quizá esa sea precisamente la parte más fascinante de esta historia.

Durante generaciones alguien ofreció una cucharada de miel a un niño que tosía durante la noche.

Mucho tiempo después, los científicos comenzaron a llevar esa misma pregunta al laboratorio y a los ensayos clínicos.

Y están encontrando que detrás de aquella antigua costumbre puede existir un efecto real, aunque modesto y limitado principalmente al alivio de determinados síntomas.

La miel no necesita convertirse en una cura milagrosa para resultar científicamente interesante.

A veces, simplemente ayudar un poco también importa.


Información importante: Este contenido tiene fines educativos y de divulgación. No sustituye la valoración, diagnóstico o tratamiento indicado por un profesional de la salud. No debe darse miel a menores de 12 meses debido al riesgo de botulismo infantil. Ante dificultad respiratoria, coloración azulada o grisácea, alteración importante del estado de conciencia, incapacidad para beber, tos con sangre u otros signos de alarma, debe buscarse atención médica.

Antioxidante de la miel

Antioxidante de la miel

¿qué son y por qué interesan a la ciencia?

Cuando escuchamos la palabra antioxidante, probablemente pensamos inmediatamente en algo saludable.

En publicidad encontramos constantemente productos que presumen contener antioxidantes: frutas, bebidas, chocolates, suplementos y, por supuesto, miel.

Pero ¿qué significa realmente que un alimento tenga antioxidantes?

¿Contra qué actúan?

¿La miel contiene estas sustancias?

Y quizá la pregunta más importante:

¿Que la miel tenga actividad antioxidante significa que puede prevenir enfermedades?

Para responderlo necesitamos entrar por unos minutos en el fascinante mundo de nuestras células.

No necesitamos ser químicos para entenderlo.

Primero entendamos qué significa oxidación

Pensemos en algo que seguramente hemos observado muchas veces.

Cortamos una manzana y dejamos una mitad sobre la mesa. Después de un tiempo comienza a oscurecerse.

También podemos pensar en una pieza de hierro que permanece durante mucho tiempo expuesta al ambiente y termina oxidándose.

Nuestro organismo, por supuesto, no funciona exactamente como una manzana o una pieza de metal.

Pero dentro de nuestras células ocurren continuamente reacciones de oxidación y reducción.

Son procesos completamente normales.

Cuando respiramos, producimos energía, hacemos ejercicio, metabolizamos alimentos o nuestras células realizan sus actividades habituales, pueden generarse diferentes moléculas reactivas.

Entre ellas encontramos las llamadas especies reactivas de oxígeno.

Y aquí aparecen los famosos radicales libres.

¿Qué es un radical libre?

El término puede sonar preocupante, pero el concepto puede entenderse de manera sencilla.

Los átomos contienen electrones y normalmente buscan mantener configuraciones relativamente estables.

Un radical libre posee uno o más electrones desapareados. Esta característica puede volverlo muy reactivo y favorecer que interactúe con otras moléculas.

Podemos imaginarlo así:

Molécula estable → aparece un electrón desapareado → aumenta su reactividad → puede reaccionar con otras moléculas

Pero aquí aparece algo muy importante.

Los radicales libres no son simplemente enemigos de nuestro organismo.

Nuestro cuerpo produce especies reactivas de manera natural y algunas cumplen funciones importantes, entre ellas participar en determinados mecanismos de señalización celular y defensa.

El problema no consiste simplemente en que existan.

El problema puede aparecer cuando existe un desequilibrio.

Entonces, ¿qué es el estrés oxidativo?

Imaginemos una balanza.

En un lado colocamos las sustancias oxidantes y especies reactivas.

En el otro colocamos los mecanismos antioxidantes que posee nuestro organismo.

Mientras existe cierto equilibrio, nuestras células cuentan con diferentes mecanismos para manejar estas reacciones.

Podemos representarlo así:

OXIDANTES ⚖️ DEFENSAS ANTIOXIDANTES

Pero cuando la producción de sustancias oxidantes supera de manera significativa la capacidad de nuestros sistemas para mantenerlas bajo control, puede aparecer lo que conocemos como:

Estrés oxidativo

Si esta situación es suficientemente intensa o persistente, determinadas especies reactivas pueden participar en modificaciones de componentes celulares como lípidos, proteínas y material genético.

Precisamente por eso el estrés oxidativo es investigado en relación con diferentes procesos biológicos, envejecimiento y numerosas enfermedades.

Pero debemos tener cuidado con una conclusión demasiado rápida.

Que el estrés oxidativo participe en una enfermedad no significa que comer un alimento que contiene antioxidantes automáticamente pueda prevenirla o curarla.

Esta diferencia será fundamental para comprender qué sucede con la miel.

¿Qué es entonces un antioxidante?

De manera sencilla podemos decir que un antioxidante es una sustancia capaz de intervenir en determinados procesos de oxidación.

Algunas sustancias antioxidantes pueden reaccionar con especies reactivas; otras pueden donar electrones o hidrógeno y otras participan mediante mecanismos diferentes.

Nuestro organismo posee sus propios sistemas antioxidantes.

Pero también encontramos sustancias con actividad antioxidante en numerosos alimentos de origen vegetal.

Frutas, verduras, semillas, cacao, café, té y muchos otros alimentos contienen diferentes compuestos capaces de participar en estas reacciones.

Y aquí aparece nuestra protagonista:

la miel.

¿La miel contiene antioxidantes?

Sí.

Aunque la miel está compuesta principalmente por azúcares y agua, también contiene pequeñas cantidades de numerosas sustancias.

Entre las que más interesan a los investigadores encontramos los llamados:

Compuestos fenólicos

Dentro de este amplio grupo podemos encontrar:

Ácidos fenólicos y flavonoides.

Diferentes tipos de miel pueden contener sustancias como ácido cafeico, ácido ferúlico, ácido gálico y ácido p-cumárico, además de flavonoides como quercetina, kaempferol, crisina, apigenina, luteolina y pinocembrina.

Pero esto no significa que todas las mieles tengan exactamente los mismos antioxidantes.

Y aquí encontramos una de las características más fascinantes de este alimento.

Los antioxidantes comienzan en las plantas

Imaginemos una abeja saliendo de su colmena.

Vuela hasta encontrar un grupo de flores.

Se posa sobre una de ellas y comienza a recolectar néctar.

Las plantas producen numerosos compuestos químicos como parte de su metabolismo. Algunos de ellos pueden estar presentes en el material que recolectan las abejas y terminar formando parte de la miel.

Por eso la miel también puede reflejar, en cierta medida, las características de la vegetación que rodeaba la colmena.

¿Qué son los polifenoles?

Los polifenoles constituyen una enorme familia de sustancias producidas principalmente por las plantas.

Participan en diferentes funciones relacionadas con su metabolismo, pigmentación, protección e interacción con el ambiente.

Cuando analizamos diferentes alimentos vegetales podemos encontrar una enorme diversidad de estas sustancias.

La miel también puede contener diferentes compuestos fenólicos procedentes directa o indirectamente de las plantas visitadas por las abejas.

Precisamente por eso los investigadores están interesados en identificar qué compuestos aparecen en diferentes variedades de miel.

¿Y los flavonoides?

Los flavonoides representan un grupo importante dentro de los compuestos fenólicos.

Probablemente hemos escuchado algunos de sus nombres relacionados con otros alimentos:

Quercetina • Kaempferol • Crisina • Apigenina • Luteolina • Pinocembrina • Galangina

Diferentes investigaciones han identificado algunos de estos compuestos en distintas variedades de miel.

Sus estructuras químicas les permiten participar en determinadas reacciones relacionadas con la actividad antioxidante.

Por eso cuando un laboratorio analiza una muestra de miel puede investigar, entre otras cosas, su contenido total de compuestos fenólicos y flavonoides.

¿Cómo sabe un científico si una miel tiene actividad antioxidante?

Aquí comienza una parte particularmente interesante.

Imaginemos que llevamos un frasco de miel al laboratorio.

El investigador toma una pequeña muestra y la somete a determinadas pruebas químicas.

Existen diferentes métodos para evaluar actividad antioxidante, entre ellos técnicas conocidas como DPPH, FRAP y ORAC.

Aunque cada método analiza aspectos diferentes, podemos simplificar la idea de esta manera:

Si las sustancias presentes en la miel consiguen modificar determinadas reacciones, el investigador puede estimar su capacidad antioxidante bajo esas condiciones experimentales.

Y aquí surge otra pregunta interesante.

¿Todas las mieles tienen los mismos antioxidantes?

No.

Podemos imaginar dos colmenas.

Una se encuentra cerca de campos llenos de determinadas flores.

La otra está situada a cientos de kilómetros, rodeada por una vegetación completamente diferente.

Las abejas de ambas colmenas no recolectarán exactamente los mismos materiales.

Por eso la composición de la miel puede estar influida por:

Origen floral + región geográfica + clima + temporada + procesamiento + almacenamiento

Esto significa que no existe una única composición química universal para todas las mieles.

Algunas investigaciones incluso han encontrado que determinadas mieles oscuras pueden presentar mayores concentraciones de ciertos compuestos fenólicos y mayor actividad antioxidante que algunas mieles claras.

Sin embargo, tampoco debemos concluir que:

“Miel oscura = siempre mejor”.

El color por sí solo no permite determinar exactamente su composición ni demostrar un beneficio específico para nuestra salud.

Ahora viene la parte más importante

Supongamos que llevamos una miel al laboratorio.

Realizamos una prueba antioxidante.

Los resultados son excelentes.

Podemos decir:

“Esta miel mostró actividad antioxidante en esta prueba de laboratorio”.

Perfecto.

Eso es exactamente lo que hemos demostrado.

Pero ahora imaginemos que alguien toma ese resultado y publica:

“Esta miel previene las enfermedades cardiovasculares”.

Tenemos un problema.

Y sería todavía más grave afirmar:

“Esta miel cura el cáncer”.

¿Por qué no podemos hacer ese salto?

Porque una reacción química realizada en un laboratorio no reproduce todo lo que ocurre dentro del cuerpo humano.

Del laboratorio al organismo existe un largo camino

Cuando ingerimos miel, sus componentes no viajan directamente desde nuestra boca hasta nuestras células sin sufrir cambios.

Primero llegan al aparato digestivo.

Algunas sustancias pueden degradarse.

Otras pueden transformarse.

Algunas son absorbidas.

Otras solamente se absorben parcialmente.

Algunas pueden interactuar con nuestra microbiota intestinal.

Después, aquellas que consiguen absorberse pueden sufrir nuevas transformaciones metabólicas antes de llegar a determinados tejidos.

Aquí aparece una palabra muy importante:

Biodisponibilidad

No importa solamente saber:

“¿Cuánto antioxidante contiene esta miel?”

También necesitamos preguntar:

“¿Cuánto puede absorber nuestro organismo?”

Y todavía debemos continuar:

“¿En qué forma se absorbe?”

“¿Qué concentración alcanza?”

“¿A qué tejidos llega?”

“¿Produce allí un efecto biológico importante?”

“¿Ese efecto termina generando un beneficio real para la salud?”

Estas preguntas son mucho más difíciles de responder.

Una escalera llamada evidencia científica

Podemos imaginar la investigación como una escalera.

Analizamos beneficios, riesgos, dosis y calidad de los estudios.

Solamente entonces podemos acercarnos a conclusiones clínicas más confiables.

Por eso existen tres frases que parecen similares, pero científicamente son muy diferentes:

“La miel contiene antioxidantes”.

No significa necesariamente:

“La miel previene una enfermedad”.

Y mucho menos:

“La miel cura una enfermedad”.

¿Se ha estudiado la miel en personas?

Sí.

Existen ensayos clínicos y revisiones que han investigado diferentes aplicaciones y efectos relacionados con la miel.

Esto es importante porque significa que la investigación no se ha quedado únicamente en tubos de ensayo.

Sin embargo, los estudios realizados no son todos iguales.

Pueden utilizar diferentes tipos de miel, cantidades distintas, tiempos de consumo diferentes y poblaciones con características también diferentes.

Precisamente esta falta de uniformidad dificulta algunas comparaciones.

Por eso los científicos necesitan continuar realizando investigaciones bien controladas y reproducibles antes de transformar determinados resultados prometedores en recomendaciones generales.

Entonces, ¿por qué interesan tanto los antioxidantes de la miel?

Porque nos encontramos frente a un alimento extraordinariamente complejo.

Una cucharada de miel contiene principalmente azúcares, pero en cantidades mucho menores podemos encontrar numerosas sustancias procedentes de las plantas y del propio proceso realizado por las abejas.

Algunas presentan interesantes actividades químicas y biológicas.

Los científicos quieren descubrir:

¿Qué compuestos contiene cada miel?

¿Qué plantas los originaron?

¿Qué actividad presentan en el laboratorio?

¿Cuánto puede absorber nuestro organismo?

¿Qué ocurre después de absorberlos?

Y finalmente:

¿Producen beneficios clínicos que podamos demostrar en seres humanos?

Estas son preguntas mucho más interesantes que simplemente afirmar que “la miel tiene antioxidantes”.

La miel no necesita ser milagrosa para ser extraordinaria

Quizá esta sea la conclusión más importante.

La miel efectivamente contiene diferentes compuestos fenólicos y flavonoides relacionados con su actividad antioxidante.

Eso es científicamente interesante.

Pero no necesitamos transformar este descubrimiento en afirmaciones exageradas sobre prevención o curación de enfermedades.

Al contrario.

Comprender los límites de lo que sabemos hace todavía más fascinante la investigación.

Las abejas recolectan sustancias procedentes de numerosas plantas y las transforman dentro de un complejo sistema biológico hasta producir un alimento que el ser humano lleva consumiendo durante miles de años.

Ahora la ciencia moderna intenta comprenderlo molécula por molécula.

Por eso, en lugar de preguntar solamente:

“¿La miel tiene antioxidantes?”

podemos formular una pregunta mucho más interesante:

“¿Qué hacen realmente esos antioxidantes dentro de nuestro organismo y hasta dónde podemos demostrar sus beneficios?”

Ahí comienza la verdadera investigación científica sobre la miel.

Información importante: Este artículo tiene fines educativos y de divulgación científica. La miel continúa siendo un alimento rico en azúcares y no debe utilizarse como sustituto de medicamentos o tratamientos indicados por profesionales sanitarios. La demostración de actividad antioxidante in vitro no demuestra por sí sola prevención o tratamiento de enfermedades.

¿Qué es la apiterapia?

¿Qué es la apiterapia?

Cuando pensamos en una colmena, probablemente imaginamos abejas, panales y miel. Sin embargo, dentro de ese extraordinario pequeño mundo existen muchos otros productos: propóleo, polen, jalea real, cera e incluso sustancias mucho menos conocidas.

Desde hace siglos, diferentes culturas han utilizado algunos de estos productos como alimentos, preparados tradicionales o recursos relacionados con el cuidado de la salud.

De esta relación entre las abejas y el ser humano surge un concepto que actualmente genera mucho interés: la apiterapia.

Pero ¿qué es realmente?, ¿todos los productos de las abejas tienen propiedades medicinales?, ¿qué beneficios están demostrados y cuáles continúan investigándose?

Para responder estas preguntas debemos conocer primero lo que sucede dentro de una colmena.

¿Qué es la apiterapia?

La palabra apiterapia está relacionada con Apis, el género al que pertenece la abeja melífera.

En términos generales, se utiliza para describir el empleo de productos procedentes de las abejas y de la colmena con finalidades relacionadas con la salud y el bienestar.

Entre ellos encontramos principalmente:

Miel • Propóleo • Polen • Jalea real • Cera • Pan de abeja • Veneno de abeja

Aunque todos están relacionados con las abejas, sería un error pensar que poseen las mismas características.

Cada producto tiene una composición diferente y cumple una función particular dentro de la colmena. Por ello, cuando hablamos de posibles beneficios para las personas, cada uno debe estudiarse individualmente.

Una práctica con una larga historia

La utilización de los productos de las abejas no comenzó con la medicina moderna.

La miel ha acompañado al ser humano desde tiempos antiguos como alimento y también ha formado parte de diferentes prácticas tradicionales.

Lo interesante es que actualmente la ciencia puede estudiar estos productos con herramientas que nuestros antepasados no tenían.

Hoy los investigadores pueden preguntarse:

¿Qué sustancias contiene realmente la miel?

¿Qué compuestos encontramos en el propóleo?

¿Qué ocurre cuando determinadas sustancias entran en contacto con microorganismos?

¿Existe actividad antioxidante?

¿Lo que funciona en el laboratorio también funciona en una persona?

¿Y, sobre todo, es seguro?

Estas preguntas han permitido que algunos usos tradicionales sean estudiados desde una perspectiva completamente diferente.

La apiterapia moderna, por tanto, no debería basarse únicamente en decir:

“Se ha utilizado durante muchos años, por eso funciona”.

La antigüedad de una práctica puede ser interesante desde el punto de vista histórico, pero para demostrar un beneficio para la salud necesitamos investigación científica.

La colmena: un sorprendente laboratorio natural

Una manera sencilla de comprender la apiterapia es imaginar la colmena como un pequeño laboratorio de la naturaleza.

En ella encontramos diferentes productos, cada uno con características particulares.

La miel

Es, sin duda, el producto más conocido.

Las abejas recolectan principalmente el néctar de las flores y, mediante un fascinante proceso de transformación, reducción de humedad y maduración, producen miel.

Está formada principalmente por azúcares como fructosa y glucosa, pero también contiene pequeñas cantidades de minerales, enzimas, ácidos orgánicos y diferentes compuestos procedentes de las plantas.

Precisamente algunos de esos componentes han despertado interés científico por su actividad antioxidante y antimicrobiana bajo determinadas condiciones.

El propóleo

El propóleo tiene una historia diferente.

Las abejas recolectan materiales resinosos de determinadas plantas y los transforman para utilizarlos dentro de la colmena.

Podríamos pensar en él como uno de los materiales que las abejas emplean para acondicionar y proteger su hogar.

Su composición puede incluir flavonoides y otros compuestos fenólicos, razón por la cual actualmente existe investigación sobre diferentes actividades biológicas del propóleo.

Algo importante es que no todo el propóleo tiene exactamente la misma composición.

Las plantas disponibles alrededor de la colmena pueden influir considerablemente en las sustancias que finalmente contiene.

El polen de abeja

Cuando una abeja visita una flor no solamente encuentra néctar.

También recoge polen.

Los pequeños gránulos que transporta hasta la colmena pueden contener proteínas, carbohidratos, lípidos y diferentes sustancias procedentes de las plantas.

Su composición nutricional puede cambiar considerablemente dependiendo de las especies vegetales de las que proceda.

Por esta razón el polen también ha despertado interés como alimento y como objeto de investigación.

Pero nuevamente debemos recordar algo:

que un alimento contenga nutrientes o sustancias interesantes no significa automáticamente que pueda prevenir o tratar enfermedades.

La jalea real

La jalea real es probablemente uno de los productos más fascinantes de la colmena.

Es una secreción producida por determinadas abejas obreras y tiene una función fundamental en la alimentación de las larvas.

La abeja reina recibe jalea real durante su desarrollo y continúa siendo alimentada con ella durante su vida adulta.

Este hecho ha provocado durante mucho tiempo una enorme curiosidad.

Los investigadores han identificado diferentes proteínas y ácidos grasos presentes en la jalea real, entre ellos un compuesto conocido como 10-HDA, que continúa siendo objeto de diferentes investigaciones.

Sin embargo, debemos evitar una interpretación muy común:

Que la jalea real tenga una función extraordinaria dentro de la biología de las abejas no significa que produzca automáticamente efectos extraordinarios en los seres humanos.

Son organismos completamente diferentes.

La cera de abeja

Las abejas producen cera y con ella construyen esas extraordinarias estructuras hexagonales que conocemos como panales.

Además de su función dentro de la colmena, el ser humano utiliza la cera de abeja en numerosos productos.

Podemos encontrarla en cosméticos, bálsamos, cremas, alimentos, productos farmacéuticos, velas y diferentes aplicaciones industriales.

Es un excelente ejemplo de cómo un producto originalmente creado por las abejas para construir su hogar terminó encontrando numerosas aplicaciones en nuestra vida cotidiana.

El veneno de abeja

Aquí debemos hacer una distinción especialmente importante.

El veneno de abeja contiene diferentes péptidos, enzimas y proteínas, entre ellos sustancias conocidas como melitina, apamina y fosfolipasa A2.

Algunos de estos componentes están siendo investigados científicamente.

Pero el veneno también representa uno de los productos de mayor riesgo dentro de las prácticas relacionadas con la apiterapia.

Una picadura puede provocar desde una reacción localizada hasta una reacción alérgica grave y, en determinadas personas, anafilaxia potencialmente mortal.

Por ello, las picaduras deliberadas de abejas no deben considerarse un tratamiento casero.

De la tradición al laboratorio

Aquí encontramos uno de los puntos más importantes para comprender la apiterapia moderna.

Imaginemos que un investigador descubre que un extracto de propóleo consigue inhibir el crecimiento de determinada bacteria dentro de un laboratorio.

El resultado es interesante.

Pero todavía no podemos concluir:

“El propóleo cura esa infección en las personas”.

Entre ambas afirmaciones existe un largo camino.

Normalmente la investigación científica avanza aproximadamente de esta manera:

Cada etapa responde preguntas diferentes.

Por eso una frase como “científicamente estudiado” tampoco significa necesariamente “científicamente demostrado como tratamiento”.

Un producto puede haber sido estudiado muchas veces y continuar sin contar con evidencia clínica suficiente para determinada aplicación.

¿Por qué encontramos resultados diferentes?

Existe otro problema particularmente interesante.

Los productos naturales pueden variar considerablemente.

Imaginemos dos apiarios separados por cientos de kilómetros.

Las abejas del primero pueden estar rodeadas principalmente de determinadas flores, mientras que las del segundo tienen acceso a especies vegetales completamente diferentes.

El clima, suelo, temporada, vegetación, especie de abeja, almacenamiento y procesamiento pueden modificar las características finales de determinados productos.

Por eso dos frascos que simplemente dicen “propóleo” no necesariamente contienen exactamente las mismas concentraciones de sus componentes.

Lo mismo puede suceder con la miel.

Esta variabilidad representa uno de los grandes retos para la investigación.

Para obtener resultados confiables necesitamos conocer:

Qué producto se utilizó.

De dónde procedía.

Qué sustancias contenía.

Qué concentración tenía.

Qué cantidad se utilizó.

Durante cuánto tiempo.

Y en qué tipo de personas fue estudiado.

Solamente entonces podemos empezar a obtener conclusiones más precisas.

Natural no significa automáticamente seguro

Este quizá sea uno de los mitos más importantes que debemos aclarar.

Con frecuencia asociamos la palabra “natural” con algo saludable e inofensivo.

Pero la naturaleza contiene sustancias beneficiosas, sustancias neutras y sustancias potencialmente peligrosas.

Los productos derivados de las abejas tampoco están libres de riesgos.

Algunas personas pueden desarrollar reacciones alérgicas al polen, propóleo, jalea real, miel u otros productos.

Estas reacciones pueden ir desde molestias leves hasta situaciones graves.

El veneno de abeja requiere todavía mayor precaución porque puede provocar anafilaxia, una reacción alérgica grave que constituye una emergencia médica.

Por eso debemos cambiar una idea:

Natural ≠ automáticamente seguro.

La pregunta adecuada es:

¿Es seguro este producto para esta persona, en esta cantidad y para este uso concreto?

Entonces, ¿la apiterapia funciona?

Quizá esta sea la pregunta que más personas quieren responder.

Pero científicamente está formulada de una manera demasiado amplia.

Sería parecido a preguntar:

“¿Las plantas funcionan?”

¿Para qué?

¿En qué cantidad?

¿Qué planta?

¿Preparada de qué manera?

¿Para qué persona?

Con la apiterapia sucede exactamente lo mismo.

En lugar de preguntar:

“¿Funciona la apiterapia?”

una pregunta científicamente más útil sería:

“¿Existe evidencia de que este producto específico de la colmena, preparado de determinada manera y utilizado en cierta cantidad, pueda producir un beneficio concreto en determinadas personas?”

Esta diferencia cambia completamente nuestra manera de analizar el tema.

Tradición y ciencia pueden dialogar

No tenemos que caer en dos extremos.

Uno sería pensar:

“Si es natural, entonces funciona”.

El otro sería afirmar:

“Si proviene de una práctica tradicional, entonces no tiene ningún valor”.

Existe una tercera posibilidad mucho más interesante:

investigar.

Podemos observar aquello que tradicionalmente se ha utilizado y posteriormente someterlo al método científico.

Algunas ideas posiblemente no superarán esas pruebas.

Otras podrían revelar mecanismos interesantes.

Y algunas podrían terminar convirtiéndose en aplicaciones útiles.

Precisamente así avanza la ciencia.

Una nueva forma de observar una colmena

La próxima vez que veamos una colmena podemos intentar observarla desde otra perspectiva.

Dentro de ella encontramos miel, propóleo, polen, jalea real y cera, además de otros productos y sustancias con funciones extraordinariamente diferentes.

Algunos sirven como alimento.

Otros ayudan a construir o acondicionar la colmena.

Y otros forman parte de los mecanismos naturales de defensa de las abejas.

El ser humano ha observado estos productos durante siglos y continúa intentando comprenderlos.

Hoy disponemos de una herramienta que nuestros antepasados no tenían: el método científico moderno.

Gracias a él podemos estudiar qué sustancias contienen, cómo interactúan con diferentes sistemas biológicos y, sobre todo, determinar cuáles de sus posibles beneficios pueden demostrarse realmente en las personas.

Por eso quizá la pregunta más interesante sobre apiterapia ya no sea:

“¿Es natural?”

Sino:

“¿Qué sabemos realmente, qué demuestra la evidencia y qué nos falta todavía por descubrir?”

Ahí comienza una manera responsable y fascinante de conocer la apiterapia.

Información importante

Este artículo tiene fines exclusivamente educativos y de divulgación. No sustituye la valoración, diagnóstico o tratamiento proporcionado por profesionales sanitarios.

Los productos derivados de las abejas pueden provocar reacciones alérgicas en algunas personas. El veneno de abeja presenta riesgos particulares, incluida la posibilidad de anafilaxia, por lo que las picaduras deliberadas no deben utilizarse como tratamiento doméstico.

Mucho más que un endulzante natural

Mucho más que un endulzante natural

Cuando pensamos en miel, probablemente lo primero que nos viene a la mente es su agradable sabor dulce, su característico color dorado y quizá una cucharada de miel acompañando nuestro desayuno. Sin embargo, detrás de este alimento existe una historia mucho más interesante.

La miel es el resultado de un sorprendente trabajo realizado por miles de abejas y, además de sus azúcares naturales, contiene pequeñas cantidades de minerales, enzimas, ácidos orgánicos y diversos compuestos procedentes de las plantas.

Por eso, más que verla simplemente como un endulzante, vale la pena conocer qué es realmente la miel, cómo la producen las abejas y por qué continúa despertando el interés de los investigadores.

¿Qué es realmente la miel?

La miel es una sustancia dulce elaborada principalmente por las abejas melíferas (Apis mellifera) a partir del néctar que recolectan de las flores y, en algunos casos, de otras secreciones vegetales.

Algo especialmente interesante es que no todas las mieles son iguales.

Su color, aroma, sabor y composición pueden cambiar dependiendo de las flores que visitaron las abejas, la región donde se encuentran las colmenas, el clima, la temporada de recolección e incluso la manera en que posteriormente se almacena y procesa la miel.

Por esta razón podemos encontrar mieles muy claras y suaves, mientras que otras presentan tonalidades ámbar oscuro y sabores mucho más intensos.

Cada miel es, en cierta manera, un pequeño reflejo del entorno natural donde trabajaron las abejas.

De una flor hasta nuestra mesa

El proceso mediante el cual las abejas producen miel es extraordinario.

Todo comienza cuando una abeja obrera sale de la colmena en busca de flores. Al encontrar una fuente adecuada, recolecta el néctar y lo almacena temporalmente en una estructura especializada de su organismo conocida como buche melario.

Pero la transformación ya ha comenzado.

Mientras la abeja regresa a la colmena, distintas enzimas empiezan a modificar el néctar. Una vez dentro, este material puede pasar entre varias abejas antes de ser depositado en las pequeñas celdas hexagonales del panal.

En ese momento todavía contiene una cantidad considerable de agua.

Las abejas necesitan reducir esa humedad. Para conseguirlo favorecen la circulación del aire dentro de la colmena, ayudando a evaporar progresivamente el exceso de agua.

Poco a poco, aquel néctar recolectado de las flores se convierte en la sustancia espesa, aromática y dulce que conocemos como miel.

Cuando alcanza una maduración adecuada, las abejas sellan la celda utilizando una fina capa de cera denominada opérculo.

Podemos resumir este fascinante proceso de una manera sencilla:

Néctar de las flores → transformación enzimática → evaporación del agua → maduración → miel

Lo que parece simplemente un frasco de miel es, en realidad, el resultado de un complejo proceso natural realizado dentro de la colmena.

¿Qué contiene una cucharada de miel?

La mayor parte de la miel está formada por carbohidratos. Entre ellos destacan dos azúcares simples que seguramente hemos escuchado mencionar alguna vez: fructosa y glucosa.

También contiene agua y pequeñas cantidades de otros azúcares, minerales, ácidos orgánicos, enzimas y compuestos fenólicos.

De manera sencilla podemos encontrar:

  • Fructosa: uno de los principales azúcares responsables de su sabor dulce.
  • Glucosa: además de aportar dulzor, participa en el proceso natural de cristalización.
  • Agua: su cantidad influye directamente en la estabilidad y conservación de la miel.
  • Otros azúcares: pueden encontrarse sacarosa, maltosa y diferentes oligosacáridos.
  • Minerales: principalmente potasio y pequeñas cantidades de otros elementos.
  • Ácidos orgánicos: contribuyen a la acidez, aroma y sabor característico.
  • Enzimas: relacionadas principalmente con el proceso realizado por las abejas.
  • Compuestos fenólicos: sustancias de origen vegetal entre las que encontramos flavonoides y ácidos fenólicos.

Esta combinación permite entender por qué químicamente la miel es bastante más compleja que simplemente agua mezclada con azúcar.

Pero existe algo importante que debemos recordar: aunque sea un producto natural, continúa siendo un alimento con una elevada cantidad de azúcares.

Por ello, natural no significa que pueda consumirse sin moderación.

¿Qué tienen de especial los antioxidantes de la miel?

Uno de los aspectos que más ha llamado la atención de los investigadores son determinados compuestos presentes en pequeñas cantidades, especialmente los llamados polifenoles.

Dentro de ellos encontramos sustancias como flavonoides y ácidos fenólicos procedentes principalmente de las plantas que visitaron las abejas.

¿Y por qué resultan interesantes?

Porque algunas de estas sustancias presentan actividad antioxidante.

Nuestro organismo produce constantemente moléculas reactivas como consecuencia de sus procesos normales. Cuando existe un desequilibrio importante entre estas sustancias y los mecanismos naturales que ayudan a controlarlas, se produce lo que conocemos como estrés oxidativo.

Los antioxidantes participan en diferentes reacciones relacionadas con estos procesos de oxidación.

Esta es una de las razones por las que científicos de diferentes partes del mundo continúan estudiando los compuestos antioxidantes presentes en la miel.

Sin embargo, aquí debemos evitar una conclusión demasiado rápida.

Que una miel muestre actividad antioxidante en un laboratorio no significa automáticamente que comerla prevenga o cure enfermedades.

Para demostrar un beneficio concreto en la salud humana hacen falta estudios clínicos diseñados específicamente para comprobarlo.

¿La miel también puede tener actividad antimicrobiana?

Este es otro de los aspectos más interesantes.

Determinadas mieles pueden presentar actividad frente a algunos microorganismos bajo condiciones específicas.

Pero esto no ocurre gracias a un único “ingrediente milagroso”.

En realidad intervienen varios factores al mismo tiempo.

La miel tiene una elevada concentración de azúcares y poca agua disponible para que determinados microorganismos puedan desarrollarse. Además, posee cierta acidez y en ella pueden producirse sustancias como el peróxido de hidrógeno mediante determinadas reacciones enzimáticas.

Algunas variedades también contienen componentes vegetales relacionados con esta actividad.

Podríamos explicarlo de esta manera:

Muchos azúcares + poca agua disponible + acidez + determinados compuestos bioactivos = condiciones poco favorables para algunos microorganismos.

Esta particular combinación explica parte del interés que la miel ha generado dentro de investigaciones microbiológicas y médicas.

Pero debemos ser cuidadosos nuevamente.

Decir que determinadas mieles presentan actividad antimicrobiana no significa que consumir miel sea equivalente a utilizar un antibiótico.

Un antibiótico es un medicamento desarrollado, estudiado y utilizado para tratar determinadas infecciones. La miel no debe utilizarse para sustituir un tratamiento indicado por un profesional de la salud.

¿Miel para tratar heridas?

Aquí encontramos una de las áreas más interesantes relacionadas con la investigación moderna de la miel.

Existen productos elaborados con miel de grado médico que han sido estudiados para determinados tipos de heridas y que se utilizan bajo condiciones sanitarias controladas.

Pero existe una diferencia fundamental:

La miel de grado médico no es lo mismo que la miel que tenemos en la cocina.

Los productos destinados al tratamiento de heridas deben cumplir determinadas condiciones de procesamiento, seguridad y control.

Por ello, encontrar investigaciones sobre la utilización médica de determinados productos elaborados con miel no significa que sea recomendable tomar un frasco de miel alimentaria y aplicarlo directamente sobre una herida.

Ante una herida importante, infección o problema de cicatrización, lo adecuado es acudir a un profesional sanitario.

Entonces, ¿la miel es buena para la salud?

La respuesta necesita equilibrio.

La miel puede formar parte de una alimentación variada y equilibrada. Nos aporta principalmente carbohidratos y energía, pero también contiene pequeñas cantidades de otras sustancias interesantes que continúan siendo estudiadas.

Podemos afirmar que la miel es mucho más que simplemente agua y azúcar.

Lo que no sería correcto es convertirla en un medicamento capaz de solucionar cualquier problema de salud.

Precisamente una de las tareas de la investigación científica moderna consiste en separar tres cosas que frecuentemente se confunden:

lo que tradicionalmente se dice sobre la miel, lo que se observa en un laboratorio y lo que realmente se ha demostrado clínicamente en seres humanos.

Esta diferencia es fundamental cuando hablamos de miel y apiterapia.

Un pequeño tesoro producido por miles de abejas

Quizá la próxima vez que observemos una cucharada de miel podamos verla de una manera diferente.

Detrás de ese líquido dorado existe una abeja que visitó flores, recolectó néctar y regresó a su colmena. Después participaron otras abejas en un complejo proceso de transformación, concentración, maduración y almacenamiento.

El resultado final es un alimento compuesto principalmente por fructosa y glucosa, pero acompañado por enzimas, minerales, ácidos orgánicos y diversos componentes procedentes de las plantas.

Podemos contemplar la miel desde tres perspectivas.

Como alimento, representa principalmente una fuente concentrada de carbohidratos y energía.

Como producto de la naturaleza, conserva características relacionadas con las plantas, el clima y el lugar donde trabajan las abejas.

Como objeto de investigación, posee componentes y propiedades que continúan estudiándose para comprender mejor su actividad antioxidante, antimicrobiana y sus posibles aplicaciones.

Y quizá esta sea una de las mejores maneras de apreciar verdaderamente la miel.

No necesitamos convertirla en un producto milagroso para reconocer lo extraordinaria que es.

Su verdadero valor comienza cuando comprendemos el impresionante trabajo de las abejas y aprendemos a diferenciar aquello que tradicionalmente se atribuye a la miel de aquello que la ciencia realmente ha podido demostrar.

Información importante

Este contenido tiene fines educativos y de divulgación y no sustituye la valoración, diagnóstico o tratamiento de profesionales de la salud. La miel y otros productos derivados de las abejas pueden producir reacciones alérgicas en algunas personas.

La miel no debe darse a bebés menores de 12 meses debido al riesgo de botulismo infantil.

Tratamientos tópicos en curación de quemaduras, heridas y úlceras

Tratamientos tópicos en curación de quemaduras, heridas y úlceras

Las lesiones por quemaduras, heridas quirúrgicas y úlceras causan altos niveles de morbilidad y mortalidad en todo el mundo, siendo particularmente vulnerables a infecciones. Diversos estudios sugieren que la miel puede acelerar la curación de heridas debido a sus propiedades, como su capacidad para reducir la inflamación y prevenir el ataque de agentes infecciosos. Objetivo: Valorar la evidencia científica sobre la efectividad de la miel como un tratamiento alternativo en quemaduras, heridas o úlceras. Material y método: Se realizó una búsqueda bibliográfica en bases de datos especializadas como Pubmed, Cochrane, Scopus y WoS entre otras. Se encontraron un total de 11.303 artículos que fueron cribados mediante criterios de inclusion y exclusion. Fueron incluidos 26 (19 ECAs y 7 revisiones sistemáticas), los cuales fueron evaluados para valorar la calidad y el riesgo de sesgo mediante las escalas PEDro y AMSTAR, y posteriormente por la escala SIGN.

Resultados:

Se observó que la miel cicatriza antes y deja menos cicatriz hipertrófica, reduce el edema, el dolor y las secreciones purulentas, produce una mayor esterilidad en menos tiempo y con menos efectos adversos además de ser más costo-efectiva.

Conclusiones:

La miel se puede utilizar para curar este tipo de lesiones suponiendo una alternativa de tratamiento pudiendo mejorar la asistencia sanitaria.

Fuentes de información (bases de datos).

Los estudios se identificaron mediante búsquedas electrónicas en bases de datos bibliográficas. Se eligieron aquellas en español y/o inglés. Se consultaron las siguientes bases de datos:

 

  • – Scopus
  • – Web of Science (WoS)
  • – Csic: IME
  • – Tripdatabase
  • – Cochrane
  • – Pubmed
  • – Google académico
  • – SciELO
  • – Elservier
  • – PEDro
  • – EUROPE PMC
  • – MEDES

 

El período de búsqueda de la bibliografía se inició en el mes de octubre de 2017 finalizando en el mes de mayo de 2018. La última búsqueda se realizó el 10 de mayo de 2018.