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Cuando pensamos en una colmena, probablemente imaginamos abejas, panales y miel. Sin embargo, dentro de ese extraordinario pequeño mundo existen muchos otros productos: propóleo, polen, jalea real, cera e incluso sustancias mucho menos conocidas.

Desde hace siglos, diferentes culturas han utilizado algunos de estos productos como alimentos, preparados tradicionales o recursos relacionados con el cuidado de la salud.

De esta relación entre las abejas y el ser humano surge un concepto que actualmente genera mucho interés: la apiterapia.

Pero ¿qué es realmente?, ¿todos los productos de las abejas tienen propiedades medicinales?, ¿qué beneficios están demostrados y cuáles continúan investigándose?

Para responder estas preguntas debemos conocer primero lo que sucede dentro de una colmena.

¿Qué es la apiterapia?

La palabra apiterapia está relacionada con Apis, el género al que pertenece la abeja melífera.

En términos generales, se utiliza para describir el empleo de productos procedentes de las abejas y de la colmena con finalidades relacionadas con la salud y el bienestar.

Entre ellos encontramos principalmente:

Miel • Propóleo • Polen • Jalea real • Cera • Pan de abeja • Veneno de abeja

Aunque todos están relacionados con las abejas, sería un error pensar que poseen las mismas características.

Cada producto tiene una composición diferente y cumple una función particular dentro de la colmena. Por ello, cuando hablamos de posibles beneficios para las personas, cada uno debe estudiarse individualmente.

Una práctica con una larga historia

La utilización de los productos de las abejas no comenzó con la medicina moderna.

La miel ha acompañado al ser humano desde tiempos antiguos como alimento y también ha formado parte de diferentes prácticas tradicionales.

Lo interesante es que actualmente la ciencia puede estudiar estos productos con herramientas que nuestros antepasados no tenían.

Hoy los investigadores pueden preguntarse:

¿Qué sustancias contiene realmente la miel?

¿Qué compuestos encontramos en el propóleo?

¿Qué ocurre cuando determinadas sustancias entran en contacto con microorganismos?

¿Existe actividad antioxidante?

¿Lo que funciona en el laboratorio también funciona en una persona?

¿Y, sobre todo, es seguro?

Estas preguntas han permitido que algunos usos tradicionales sean estudiados desde una perspectiva completamente diferente.

La apiterapia moderna, por tanto, no debería basarse únicamente en decir:

“Se ha utilizado durante muchos años, por eso funciona”.

La antigüedad de una práctica puede ser interesante desde el punto de vista histórico, pero para demostrar un beneficio para la salud necesitamos investigación científica.

La colmena: un sorprendente laboratorio natural

Una manera sencilla de comprender la apiterapia es imaginar la colmena como un pequeño laboratorio de la naturaleza.

En ella encontramos diferentes productos, cada uno con características particulares.

La miel

Es, sin duda, el producto más conocido.

Las abejas recolectan principalmente el néctar de las flores y, mediante un fascinante proceso de transformación, reducción de humedad y maduración, producen miel.

Está formada principalmente por azúcares como fructosa y glucosa, pero también contiene pequeñas cantidades de minerales, enzimas, ácidos orgánicos y diferentes compuestos procedentes de las plantas.

Precisamente algunos de esos componentes han despertado interés científico por su actividad antioxidante y antimicrobiana bajo determinadas condiciones.

El propóleo

El propóleo tiene una historia diferente.

Las abejas recolectan materiales resinosos de determinadas plantas y los transforman para utilizarlos dentro de la colmena.

Podríamos pensar en él como uno de los materiales que las abejas emplean para acondicionar y proteger su hogar.

Su composición puede incluir flavonoides y otros compuestos fenólicos, razón por la cual actualmente existe investigación sobre diferentes actividades biológicas del propóleo.

Algo importante es que no todo el propóleo tiene exactamente la misma composición.

Las plantas disponibles alrededor de la colmena pueden influir considerablemente en las sustancias que finalmente contiene.

El polen de abeja

Cuando una abeja visita una flor no solamente encuentra néctar.

También recoge polen.

Los pequeños gránulos que transporta hasta la colmena pueden contener proteínas, carbohidratos, lípidos y diferentes sustancias procedentes de las plantas.

Su composición nutricional puede cambiar considerablemente dependiendo de las especies vegetales de las que proceda.

Por esta razón el polen también ha despertado interés como alimento y como objeto de investigación.

Pero nuevamente debemos recordar algo:

que un alimento contenga nutrientes o sustancias interesantes no significa automáticamente que pueda prevenir o tratar enfermedades.

La jalea real

La jalea real es probablemente uno de los productos más fascinantes de la colmena.

Es una secreción producida por determinadas abejas obreras y tiene una función fundamental en la alimentación de las larvas.

La abeja reina recibe jalea real durante su desarrollo y continúa siendo alimentada con ella durante su vida adulta.

Este hecho ha provocado durante mucho tiempo una enorme curiosidad.

Los investigadores han identificado diferentes proteínas y ácidos grasos presentes en la jalea real, entre ellos un compuesto conocido como 10-HDA, que continúa siendo objeto de diferentes investigaciones.

Sin embargo, debemos evitar una interpretación muy común:

Que la jalea real tenga una función extraordinaria dentro de la biología de las abejas no significa que produzca automáticamente efectos extraordinarios en los seres humanos.

Son organismos completamente diferentes.

La cera de abeja

Las abejas producen cera y con ella construyen esas extraordinarias estructuras hexagonales que conocemos como panales.

Además de su función dentro de la colmena, el ser humano utiliza la cera de abeja en numerosos productos.

Podemos encontrarla en cosméticos, bálsamos, cremas, alimentos, productos farmacéuticos, velas y diferentes aplicaciones industriales.

Es un excelente ejemplo de cómo un producto originalmente creado por las abejas para construir su hogar terminó encontrando numerosas aplicaciones en nuestra vida cotidiana.

El veneno de abeja

Aquí debemos hacer una distinción especialmente importante.

El veneno de abeja contiene diferentes péptidos, enzimas y proteínas, entre ellos sustancias conocidas como melitina, apamina y fosfolipasa A2.

Algunos de estos componentes están siendo investigados científicamente.

Pero el veneno también representa uno de los productos de mayor riesgo dentro de las prácticas relacionadas con la apiterapia.

Una picadura puede provocar desde una reacción localizada hasta una reacción alérgica grave y, en determinadas personas, anafilaxia potencialmente mortal.

Por ello, las picaduras deliberadas de abejas no deben considerarse un tratamiento casero.

De la tradición al laboratorio

Aquí encontramos uno de los puntos más importantes para comprender la apiterapia moderna.

Imaginemos que un investigador descubre que un extracto de propóleo consigue inhibir el crecimiento de determinada bacteria dentro de un laboratorio.

El resultado es interesante.

Pero todavía no podemos concluir:

“El propóleo cura esa infección en las personas”.

Entre ambas afirmaciones existe un largo camino.

Normalmente la investigación científica avanza aproximadamente de esta manera:

Cada etapa responde preguntas diferentes.

Por eso una frase como “científicamente estudiado” tampoco significa necesariamente “científicamente demostrado como tratamiento”.

Un producto puede haber sido estudiado muchas veces y continuar sin contar con evidencia clínica suficiente para determinada aplicación.

¿Por qué encontramos resultados diferentes?

Existe otro problema particularmente interesante.

Los productos naturales pueden variar considerablemente.

Imaginemos dos apiarios separados por cientos de kilómetros.

Las abejas del primero pueden estar rodeadas principalmente de determinadas flores, mientras que las del segundo tienen acceso a especies vegetales completamente diferentes.

El clima, suelo, temporada, vegetación, especie de abeja, almacenamiento y procesamiento pueden modificar las características finales de determinados productos.

Por eso dos frascos que simplemente dicen “propóleo” no necesariamente contienen exactamente las mismas concentraciones de sus componentes.

Lo mismo puede suceder con la miel.

Esta variabilidad representa uno de los grandes retos para la investigación.

Para obtener resultados confiables necesitamos conocer:

Qué producto se utilizó.

De dónde procedía.

Qué sustancias contenía.

Qué concentración tenía.

Qué cantidad se utilizó.

Durante cuánto tiempo.

Y en qué tipo de personas fue estudiado.

Solamente entonces podemos empezar a obtener conclusiones más precisas.

Natural no significa automáticamente seguro

Este quizá sea uno de los mitos más importantes que debemos aclarar.

Con frecuencia asociamos la palabra “natural” con algo saludable e inofensivo.

Pero la naturaleza contiene sustancias beneficiosas, sustancias neutras y sustancias potencialmente peligrosas.

Los productos derivados de las abejas tampoco están libres de riesgos.

Algunas personas pueden desarrollar reacciones alérgicas al polen, propóleo, jalea real, miel u otros productos.

Estas reacciones pueden ir desde molestias leves hasta situaciones graves.

El veneno de abeja requiere todavía mayor precaución porque puede provocar anafilaxia, una reacción alérgica grave que constituye una emergencia médica.

Por eso debemos cambiar una idea:

Natural ≠ automáticamente seguro.

La pregunta adecuada es:

¿Es seguro este producto para esta persona, en esta cantidad y para este uso concreto?

Entonces, ¿la apiterapia funciona?

Quizá esta sea la pregunta que más personas quieren responder.

Pero científicamente está formulada de una manera demasiado amplia.

Sería parecido a preguntar:

“¿Las plantas funcionan?”

¿Para qué?

¿En qué cantidad?

¿Qué planta?

¿Preparada de qué manera?

¿Para qué persona?

Con la apiterapia sucede exactamente lo mismo.

En lugar de preguntar:

“¿Funciona la apiterapia?”

una pregunta científicamente más útil sería:

“¿Existe evidencia de que este producto específico de la colmena, preparado de determinada manera y utilizado en cierta cantidad, pueda producir un beneficio concreto en determinadas personas?”

Esta diferencia cambia completamente nuestra manera de analizar el tema.

Tradición y ciencia pueden dialogar

No tenemos que caer en dos extremos.

Uno sería pensar:

“Si es natural, entonces funciona”.

El otro sería afirmar:

“Si proviene de una práctica tradicional, entonces no tiene ningún valor”.

Existe una tercera posibilidad mucho más interesante:

investigar.

Podemos observar aquello que tradicionalmente se ha utilizado y posteriormente someterlo al método científico.

Algunas ideas posiblemente no superarán esas pruebas.

Otras podrían revelar mecanismos interesantes.

Y algunas podrían terminar convirtiéndose en aplicaciones útiles.

Precisamente así avanza la ciencia.

Una nueva forma de observar una colmena

La próxima vez que veamos una colmena podemos intentar observarla desde otra perspectiva.

Dentro de ella encontramos miel, propóleo, polen, jalea real y cera, además de otros productos y sustancias con funciones extraordinariamente diferentes.

Algunos sirven como alimento.

Otros ayudan a construir o acondicionar la colmena.

Y otros forman parte de los mecanismos naturales de defensa de las abejas.

El ser humano ha observado estos productos durante siglos y continúa intentando comprenderlos.

Hoy disponemos de una herramienta que nuestros antepasados no tenían: el método científico moderno.

Gracias a él podemos estudiar qué sustancias contienen, cómo interactúan con diferentes sistemas biológicos y, sobre todo, determinar cuáles de sus posibles beneficios pueden demostrarse realmente en las personas.

Por eso quizá la pregunta más interesante sobre apiterapia ya no sea:

“¿Es natural?”

Sino:

“¿Qué sabemos realmente, qué demuestra la evidencia y qué nos falta todavía por descubrir?”

Ahí comienza una manera responsable y fascinante de conocer la apiterapia.

Información importante

Este artículo tiene fines exclusivamente educativos y de divulgación. No sustituye la valoración, diagnóstico o tratamiento proporcionado por profesionales sanitarios.

Los productos derivados de las abejas pueden provocar reacciones alérgicas en algunas personas. El veneno de abeja presenta riesgos particulares, incluida la posibilidad de anafilaxia, por lo que las picaduras deliberadas no deben utilizarse como tratamiento doméstico.